La indiferencia, supremo mal de la sociedad

Los ataques terroristas directamente contra la sociedad civil  cada día son más frecuentes y sobrepasan los límites de lo inaudito, y su efectividad macabra, se multiplica cada vez más en distintos lugares del mundo.

Ya no se trata de una confrontación marcada por el poder militar de los ejércitos regulares, ahora se está ante una nueva forma de guerra que se ensaña contra las personas indefensas e inermes, y el agresor pareciera ser etéreo e irregular, y con capacidad para actuar en cualquier ciudad del mundo. Basta una sola persona o un pequeño grupo con disposición suicida para dar un golpe, que puede arrodillar al más poderoso de los Estados. Esta nueva forma de guerra, ya no es entre los Estados, sino entre éstos y organizaciones armadas por fuera de la legalidad que los desafían, a través del terrorismo o del crimen organizado, o una combinación de ambos.

La confrontación bélica que lideró George W. Bush contra Saddam Hussein abrió las puertas de un infierno que costó no sólo la vida de miles de militares, sino que, de la multiplicidad de grupos terroristas surgió Al Qaeda, y en el 2006 de éste emergió una organización alterna llamada Estado Islámico de Irak, (ISIS, por sus siglas en inglés, y que hoy en la faz de la tierra es reconocida como una horda irracional.

Ya no cabe duda que  el mundo actual  se enfrenta a una encrucijada: Un mundo occidental que avanza por las vías del progreso y cimentando una ideología en la ilustración y la razón, en la libertad de expresión, en la democracia y en una sociedad laica que pregona la independencia entre los Estados y las religiones, claro está que con falencias que día a día se detectan y se corrigen; y por otra parte, en el escenario mundial, un grupo radicalizado de origen musulmán, que intenta instaurar no sólo en su territorio, sino en el mundo entero un califato o emperador islámico en el que impere sin distingos la ley coránica, ninguna separación entre Estado y religión: Una dictadura de Allah y de sus supremos representantes que actúen por encima de la ley, de la humanidad y de la racionalidad. Un Estado único en donde reine “su dios” y sus siniestros y bárbaros designios.

Es menester retomar los sabios mensajes de la Madre Teresa de Calcuta cuando advertía: “La mayor enfermedad hoy día es no sentirse querido, no sentirse cuidado y sentirse abandonado. El mayor mal es la falta de amor y caridad, la terrible indiferencia hacia nuestro vecino que vive al lado de la calle, asaltado por la explotación, la corrupción y la pobreza.

El Premio Nóbel de la Paz en 1986, filósofo y literato de la Universidad de la Sorbona de París, Elie Wiesel,  y quien ha trabajado en publicaciones de Francia, Israel y Estados Unidos, en donde se nacionalizó estadunidense, ha mantenido una incansable actividad a favor de la fraternidad humana con la intención de contribuir a evitar que en el mundo se vuelva a repetir una situación de barbarie, como la que el padeció en un campo de concentración nazi, dedicándose con fervor a practicar el ejercicio de la memoria, como reafirmación de la vida, ya que para él, lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia; lo contrario de la fe no es la herejía, es la indiferencia; y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte.

 

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