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El abismo y la furia

ASISTENTE | 12/9/2011, 2:57 p.m.

El domingo 26 de junio en Argentina sucedieron dos cosas perfectamente predecibles. Por un lado el River Plate, uno de los dos equipos de futbol más importantes del país, terminó descendido a la segunda división. Coronó de esta forma una seguidilla de desaciertos deportivos que se combinaron sospechosos manejos financieros. Por el otro, el partido que definió la suerte del conjunto nunca llegó a terminar a causa de los destrozos y las agresiones contra jugadores y directivos que causó parte de la afición. Una vez más el fútbol ha vuelto a explicar muy bien varios aspectos de la sociedad y de la política.

Cuatro días antes el River fue derrotado en el partido de ida ante el Belgrano de Córdoba por 2-0. En esa ocasión, cuando promediaba el segundo tiempo, un grupo de seudo aficionados del River atravesó el alambrado e ingresó al estadio con el fin de agredir a los jugadores de su propio equipo. Como es habitual por estas latitudes, ninguno terminó detenido. La policía dijo no poder reconocerlos.

Al otro día todo daba a entender que la revancha, en el estadio Monumental, debería jugarse sin público. Como el descenso ya era una realidad tangible, era muy esperable que ante su concreción las barras bravas desataran la violencia. En sí, la crónica de un final anunciado. Y sin embargo el gobierno decidió que el partido se juegue con público. Ministros del gabinete confirmaron, casi en susurros, que fue la propia Cristina Kirchner quien tomó la decisión. Poco importó lo ocurrido en Córdoba, menos cuando el país está a cuatro meses de las elecciones presidenciales en las cuales la mandataria aspira a ser reelecta. La tarde del sábado 25, en un discurso, la presidente se mostró hasta divertida: “parece que solo importa quién será mi candidato a vicepresidente y River”.

Seguramente 24 horas más tarde prendió el televisor y la sonrisa se transformó en una mueca. Allí estaba la policía montada a caballo en una lucha campal contra los violentos del fútbol, allí se veían los destrozos al estadio y hasta quizás por ese mismo medio se enteró de la muerte de un policía, víctima del combate. Oportunamente la televisión estatal finalizó su transmisión.

El River es un gran mosaico de las tantas facetas que tiene la corrupción en la Argentina. Dirigentes investigados en la Justicia por administración fraudulenta, dadivas para con las barras y una afición que llora y se lamenta como si recién ahora entendiera a quienes llevaron a la conducción de su club.


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